El anti-cacerolazo

abril 6, 2009

Alfonsín fue para muchos argentinos un referente político y con su muerte desaparece quien sea tal vez el último político de raza en Argentina. Las manifestaciones populares durante su entierro demostraron el respeto del pueblo argentino hacia su persona y hacia su obra. Hay en estas manifestaciones un mensaje de conciliación y esperanza que contrasta fuertemente con el mensaje del último movimiento popular espontáneo, el cacerolazo.

Es sorprendente cuantos argentinos consideraron importante acompañar a Alfonsín en su entierro. Particularmente si recordamos que la figura de Alfonsín fue muy atacada, casi demonizada, desde los últimos días de su gobierno y hasta hace no mucho tiempo. Menem rápidamente asoció la figura de Alfonsín con la inoperancia, ineficiencia e incapacidad, usando el fantasma de la hiperinflación. Una hiperinflación de la cual Menem, con sus movimientos desestabilizadores antes de asumir, fue casi tan responsable como Alfonsín. Los Kichner volvieron a atacar su figura acusándolo de cobarde, o por lo menos de incapaz, en sus diatribas sobre los derechos humanos. Llegaron incluso a pedir perdón en nombre de un gobierno que ‘no hizo nada’. Por favor no olvidemos que durante el gobierno de Alfonsín de juzgó y encarceló a los responsables de las atrocidades cometidas durante el gobierno militar. Este es un hecho remarcable si consideramos, por un lado, la época en la que se realizó y, por otro lado, el espíritu. No existe mérito en reclamar, 25 anos después, juicios contra militares olvidados, vejados e inofensivos. Pero sobre todo es remarcable el espíritu democrático y constructivo en el que se realizaron aquellos juicios, mirando hacia el futuro y construyendo un país nuevo. Fácilmente constrastable con el espíritu de división y odio de este gobierno, cuyo único fin es una revisión futil del pasado con fines políticos.

Entre todos sus aportes a la democracia, quizás podamos decir en unos años que su muerte marcó unos de los mojones más importantes. Las manifestaciones durante su entierro no pueden dejar de compararse, por su magnitud y espontaneidad, con el cacerolazo de fines del 2001. Casi diez años atrás, el cacerolazo marco la política argentina. Fue un reclamo espontáneo de hartazgo y cambio, pero sin mensaje. Fue un reclamo vacio y destructivo, claramente expresado en lo que se convirtió en su slogan, el ‘que se vayan todos’. Las cosas no cambiaron mucho después del cacerolazo, como deberíamos habernos imaginado. El vacío político reclamado con ese ‘que se vayan todos’ no se podía llenar sin la participación de gente nueva, y no podía quedar vacio. Y así, el candidato más votado en las primeras elecciones después del cacerolazo fue nada menos que el anterior presidente, Carlos Menem. Un político tan aborrecido que prefirió no presentarse a una segunda vuelta, seguro que la mayoría de los argentinos votaría en su contra. Quien finalmente fuera elegido presidente, Néstor Kichner, no lo fue en base a su propuesta, sus ideas o su visión sobre la Argentina. Lo fue simplemente por haber sido un desconocido. Algo anda mal si elegimos un presidente solamente sobre la base de que no lo conocemos.

Pero las manifestaciones durante el sepelio de Alfonsín fueron distintas. Casi podríamos llamarlas un anti-cacerolazo. La magnitud de estas manifestaciones no corresponde al ‘que se vayan todos’, por el contrario, es una muestra de apoyo popular a la democracia y a la política. Frente a la apatía popular hacia la política, una congregación como esta no puede pasar desapercibida y no puede dejar de obligarnos a reflexionar. Fue esta una manifestación popular espontánea, como lo fue el cacerolazo, pero a diferencia de aquella vez existió ahora un mensaje constructivo. Un mensaje de empezar a trabajar juntos mirando al futuro. Así como después del 2001 se notaba en la gente un alejamiento de la política, se percibe ahora un acercamiento, un deseo de participar.

Quizás haya sido este el último gran aporte de Alfonsín a la democracia. Quizás haya logrado que mucha gente se involucre en política, que se valore el espíritu de diálogo, que aprendamos que disentir es una parte fundamental de la vida pública. Quizás haya logrado que los políticos empiecen a trabajar a largo plazo, a trabajar juntos. Quizás las próximas coaliciones políticas tengan objetivos más duraderos que ganar la próxima elección. Quizás la gente comprenda que involucrarse en política es necesario, que se puede ser político sin ser corrupto, que las cosas pueden cambiar… como creíamos que podían cambiar el día que votamos a Alfonsín.

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